Por Juan Pablo Neyret
Para LA GACETA - Pennsylvania (EE.UU.)
El colectivo era de color verde oscuro, allá por principios de los 80, y me llevaba todos los atardeceres a la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. La Argentina también era de color verde oscuro, mucho más oscuro que el colectivo, y parecía no llevarnos a ninguna parte o habérselo llevado ya a todo. Quedaban algunos restos, entre ellos, mi ejemplar de La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa, novela prohibida por la dictadura, que en su edición barcelonesa de Seix Barral y tratando de ocultar la ostensible portada, me devoraba -la novela a mí- entre barquinazos y más de una vez me hizo pasar gratamente de largo la parada de la avenida Libertad.
Pertenezco a la formidablemente definida "generación de jóvenes que aprendieron a hacer política leyendo la revista Humor". A mí, que había crecido con la convicción de que los argentinos éramos derechos y humanos, un brusco volantazo de la vida me puso ante los ojos las entrevistas con una Mercedes Sosa comunista que empezaba a volver, un Julio Cortázar en diálogo con un desconocido Osvaldo Soriano, una joven e impetuosa Hebe de Bonafini, y los campos de concentración, los desaparecidos, el horror pero no menos la resistencia y luego, la esperanza que, me empecino en seguir creyendo, es la última que se pierde.
No creo que haya libro más rabiosamente político de Vargas Llosa que Conversación en La Catedral. De los centenares y centenares de páginas de esta novela quedó tatuada en mi alma, más aún que las disquisiciones en el bar llamado precisamente "La Catedral", la denodada búsqueda, al principio, de un animal encerrado en una perrera de las afueras de Lima. La llovizna que cubre impetuosamente esas decenas y decenas de hojas continúa cayendo sobre mí con más fuerza que el indescifrable enigma de "cuándo se jodió el Perú". O tal vez allí está la clave, iniciada en los 60, la de una ciudad húmeda y unos perros verdes.
Les agradezco a la política y a los políticos de mi país desde 1983 haberme desplazado cada vez más a la izquierda hasta que la izquierda misma ya no supe si me quedaba demasiado chica o grande y, sin decidirlo pero con absoluta convicción, me arrojé, o me arrojaron, al anarquismo. Con su rojo y su negro tan relucientes como los de Stendhal llegué a los Estados Unidos en busca de los libros argentinos que ya no por censura sino por desidia y abandono -otra forma de la censura- no encontraba en mi país para seguir tratando de crecer y no de sentar cabeza, con una tesis doctoral sobre Tomás Eloy Martínez.
Humildad demoledora
Hace tres años, mi Universidad de hoy le otorgó a Vargas Llosa un premio anual reservado a los más grandes creadores literarios, que le implicaba asimismo dictar una charla magistral. Nadie se lo pidió, pero con el mismo entusiasmo con que quería hacerlo Cortázar en la Argentina con los estudiantes en 1984 antes de morir, el entonces aún no premio Nobel de Literatura quiso reservar un sábado a la mañana, demorar un vuelo y no menos capear (lo supe mucho después) un resfrío atronador de los que Pennsylvania Central depara de un minuto a otro, para reunirse en una charla informal con los doctorandos del Departamento de Español.
Se me vino el mundo abajo y empecé una carrera frenética de conversaciones y correos electrónicos con mis amigos de entonces. No quería, ni debía, dejar de asistir, y si asistía iba a llevar un libro para que me lo autografiara como iban a hacerlos todos mis compañeros, pero a la vez menos aún quería, y mis convicciones me reiteraban que tampoco debía, sentarme a dialogar con un fascista, un defensor del capitalismo salvaje, un instigador de las "guerras preventivas" al costo de invasiones y masacres. Lo consideraba un traidor y su traición iba a ser contagiosa para con mis principios. Mis corresponsales e interlocutores me sugirieron que igualmente asistiese, que le dejara la cara y me fuera, que me deglutiera el batracio de la firmita y luego, de regreso en mi casa, le otorgara al papel de esa anteportada un uso netamente higiénico. Creí que esos consejos me aliviaban, y fui.
Lo raro empezó después. O antes. La noche anterior, en su disertación magistral, me envolvió con sus palabras como el hablador de su novela. Sentí que él era en realidad el hablador. "Madame Bovary c'est moi" Algo no funcionaba. Su clásico saco azul oscuro y su corbata no me parecieron el corsé que escondía a un muñeco de cera, no pude evitar reírme, menos aún aplaudir, salir del auditorio literalmente fascinado. "Nada", me dije ese viernes frío y también lluvioso, "mañana va a ver, mañana vamos a ver".
La mesa redonda del sábado 8 de abril de 2008 era, por supuesto, cuadrangular, en un aula amplia. No eligió cabecera alguna ni exigió una silla diferente de las nuestras. Se determinó que, como suele suceder en los Estados Unidos, por un solo estudiante que no hablaba castellano, el diálogo fuera en inglés. No fue una imposición de él sino de ésta que llaman lingua franca. Maldije del alto cielo no poder culparlo porque quería hablar en éste que llaman "español". Él, digo. Intenté, como nunca lo logro, hacerme el gracioso y le pregunté si prefería que lo llamáramos doctor, señor Vargas Llosa o Varguitas. "Mario", dijo, con una mirada tan franca y humilde como para demoler la que no era mi ironía sino mi soberbia.
La charla fue distendida, amena, contestó a todas y cada una de las preguntas, incluidas las menos pertinentes. Sobrepasando el tiempo estipulado, con una cordialidad extrema y una sonrisa que no era de cartón piedra, paseó por la literatura y también por la política. Cuando hizo esto último, limitó su tiempo más que en cualquier otra respuesta y sus palabras fueron medidas y atinadas. El aplauso final fue cualquier cosa menos obligatorio.
Después, como los soldados ante el burdel de las visitadoras de Pantaleón, nos pusimos en fila para hacerle firmar nuestros libros. A cada uno le preguntaba sobre su tesis, le pedía el nombre de pila, le hacía un gesto de complicidad. Cuando me llegó el turno, lo mismo que a mis compañeros, me preguntó sobre qué estaba escribiendo la tesis. Claro que yo sabía que él y Tomás Eloy eran grandes amigos. Tomás, precisamente, un declarado izquierdista hasta su muerte. Él no imaginaba el tema de mi "disertación" como le dicen, menos aún que yo conocía a TEM. Se interesó y me concedió más tiempo que al resto, ante quienes me sentí incómodo, ya no frente a él.
Sería una redundancia decir por qué escribo estas líneas en marzo de 2011. Es un hecho que Mario Vargas Llosa me concedió la mayor cura de humildad de mi vida y la demostración de que se puede convivir democráticamente. Se cae de maduro que su firma, dedicada "con un abrazo y la amistad de?", no recayó en sanitario alguno. Juro que no es una mentira verdadera que el libro que tengo al lado con sus propias palabras manuscritas, uno de mis tesoros desde entonces, es La tía Julia y el escribidor.
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Juan Pablo Neyret - Finaliza este año su doctorado en literatura en The Pennsylvania State University.